CIRCUNSTANCIAS Y DIALÉCTICA
di Delia María Albisu


Scarica l’articolo >

 

Sommario

1. INTRODUCCIÓN_

1.1 Encuadre del tema_

1.2 Algunas posiciones en debate_

1.3 Planteo o status quaestionis

1.4 Noción de circunstancia_

2. LA NOCIÓN DE CIRCUNSTANCIA EN SEDE RETÓRICA_

3. LA NOCIÓN DE CIRCUNSTANCIA EN SEDE ÉTICO-JURÍDICA_

4. A MODO DE COLOFÓN_

 

1. INTRODUCCIÓN

1.1 Encuadre del tema

Desde la metodología, y en el marco de la teoría del razonamiento práctico, importa revisar algunas aportaciones clásicas que han señalado cuál es la función del tópos dialéctico de las circunstancias en la argumentación tanto política, jurídica o moral. El tema ha sido tratado además con otros enfoques y con un interés tanto práctico como especulativo. Pero aquí vamos a destacar su especial relación con el Derecho. Para ello, será útil recordar lo que dice F.A.LAMAS [1] , a saber, que el pensamiento humano que se ejerce en la cotidianeidad de la vida, y sobre todo en el ámbito del derecho, es las más de las veces dialéctico porque discurre sobre asuntos, como los jurídicos, que están siempre afectados de contingencia y determinados por variedad de circunstancias.

De modo especial, a la metodología de la investigación jurídica concebida como dialéctica aplicada al campo del Derecho le compete el tratamiento de las circunstancias bajo su formalidad tópica. Pues éstas afectan al objeto de la experiencia jurídica, esto es, a los fenómenos jurídicos en cuanto jurídicos. En efecto, se trata de fenómenos inherentes a la vida jurídica, que consiste siempre en una concreta dimensión de la praxis social situada en un marco plural de circunstancias. Ésta es la razón que justifica la consideración del tema en sede metodológica: que el asunto u objeto del pensamiento jurídico -del que parte y al que mira en último término para dirigir- son acciones, hechos o estados de cosas, cuya singularidad se explica en razón de las circunstancias contingentes que determinan en concreto tales acciones o estados de cosas. De ahí que el pensamiento jurídico (en la investigación, en la práctica forense de abogados y jueces como en la realización del derecho en la función legislativa) se muestre siempre oscilante, tentativo, inquisitivo, discursivo, es decir, que proceda al modo de la dialéctica, porque se enfrenta a lo que como un hecho singular procede de la contingencia radical de la libertad humana proyectada en el ámbito de los negocios, las relaciones de poder y sus conflictos en el marco total de una situación compleja -como lo describe LAMAS-. En síntesis, son las determinaciones circunstanciales que acompañan a los hechos de los que tratan la Ética en general y el Derecho en particular las que exigen que ambos recurran a la dialéctica -en cuanto lógica de lo probable y metodología del pensamiento práctico- al momento de abordarlos como objeto en la investigación o asunto en la profesión.

Pero ¿cuáles son esas circunstancias del fenómeno ético-jurídico?¿Se alude a algo proporcional a lo que la Ética (y la Teología Moral) considera las circunstancias del acto moral y la Retórica circunstancias de la causa? Si las circunstancias pertenecen al plano de lo contingente, singular o concreto a) ¿pueden estar contempladas por la ley, b) ser objeto de los saberes jurídicos, o c) sólo son objeto de opinión y d) no pueden o mejor no deben someterse a regulación normativa? e) ¿En qué forma y medida su conocimiento o desconocimiento, su calificación adecuada o errónea incide en la tarea jurídica? Éstas son algunas de las cuestiones, que importa saber si se resuelven en sede metodológica.

1.2 Algunas posiciones en debate

Y parece que no, que es infecundo -o inútil- un enfoque metodológico del tema. Según W.WIELAND [2] nos topamos aquí con una de las aporías de la razón práctica, la aporía de la aplicación, que designa “el conjunto de dificultades que se producen a causa de la necesidad de aplicar normas generales a situaciones individuales y concretas” [3] . Pues, a causa de la debilidad de la misma razón para dirigir el obrar cuando éste está inserto en un marco de condiciones situacionales contingentes (marco que determina en cada caso particular en qué medida hay necesidad de actuar), no está en su poder resolver la aporía; cuanto mucho sólo se puede liberar de su limitación dando para el caso una solución incompleta o en sentido aproximado. Ya en su época PLATÓN rozó el problema, al cuestionarse si debería y cómo concretizarse la norma de justicia que nos obliga a restituir lo dado en depósito, cuando el que reclama está fuera de sus cabales. “Se plantea pues la pregunta de bajo qué condiciones se está facultado -si es que lo está- para concluir, a partir de la presencia de una nota situacional respecto de cual la norma guarda silencio, en la no aplicabilidad de la norma?”. [4] Mas no hay respuesta satisfactoria: “incluso si a cada nota relevada en la norma le corresponde una nota de la situación concreta que debe ser regulada, no se puede estar completamente seguro de si es lícito aplicar la norma. […] Pues nunca se tiene la certeza indubitable de si, respecto del caso que está sujeto a regulación, resulta realmente adecuada una subsunción de tipo trivial o se trata más bien de un caso límite que hace necesarias consideraciones especiales.” Y tampoco se logran mejores resultados al anticiparse a la aparición de tales dificultades desarrollando una casuística, porque “esto es, a lo sumo, una solución de compromiso. La aporía aquí subyacente es antes bien marcada que resuelta a través de ella […] porque, cuando se trata de regulaciones normativas en el mundo del obrar, sólo pueden hallarse soluciones aproximativas” [5] y no exactas. La aporía subsiste si “se interpretan los hechos con ayuda de técnicas de eliminación. La diferencia estriba en este caso tan sólo en el hecho de que la aporía ahora es desplazada del ámbito de lo normativo al ámbito de lo descriptivo” [6] . Porque al interpretar o tipificar hechos concretos se usan conceptos universales. Y dada la distancia entre unos y otros -la heterogeneidad categorial de lo normativo (lo universal) y lo fáctico (lo singular)- “tampoco en el ámbito descriptivo puede haber ningún procedimiento que pudiera garantizar de modo indubitable la corrección de las predicaciones”. Pues “lo universal puede ser caracterizado por medio de un número finito de notas, al menos allí donde se trata de configuraciones que surgen de un proceso de abstracción como, por ejemplo, las normas morales y jurídicas. Lo singular de la índole de las cosas sensibles particulares, las situaciones concretas o las acciones individuales no se deja, en cambio, determinar de modo exhaustivo por un número finito de notas” [7] . Es así como, a la luz de esta idea [de la tradición ontológica, que lo singular no puede ser captado en forma exhaustiva en el plano del concepto] “puede escrutarse no sólo la aporía de la aplicación característica de la razón práctica, sino también las dificultades con que se enfrenta cualquier intento de fundamentar de modo universalmente válido y necesario predicaciones elementales que aplican un concepto a un trozo de realidad sensible [8] ”. Es decir, “por medio de la aporía de la aplicación puede ponerse de manifiesto en qué medida el viejo y, por lo demás, hasta ahora nunca resuelto problema de los universales se plantea también en el ámbito de referencia del obrar y su regulación normativa” [9] .

Contra esto, VITORIA [10] afirma que es necesario distinguir dos maneras de hablar de las cosas [humanas]: “la primera, simplemente, en sí mismas; la segunda, según las circunstancias de tiempos y personas. Como, por ejemplo, [se dice que] la oración es de suyo mejor que la limosna, pero, si hubiera pobres que estuvieran pereciendo de hambre, la limosna sería mejor; lo mismo en el caso propuesto [si la monarquía es la mejor forma de gobierno]. Así ARISTÓTELES dice que, si hay uno que sobresale entre los demás en virtud y sabiduría, entonces el mejor gobierno sería la monarquía” [11] . Por tanto, VITORIA reconoce que la razón puede emitir un juicio estimativo con certeza práctica, teniendo en cuanta las circunstancias contingentes, acerca del valor concreto del caso singular a fin de dirigir el obrar político.

También en la lectura 137, a.2, aplica la distinción hecha al afirmar que “lo que está en contra del derecho natural no puede de manera universal ser útil para la república. Sin embargo, en un caso concreto y en un determinado momento y para una cierta nación, puede ser útil lo que está contra el derecho natural, como está claro con la pluralidad de esposas” permitida en la época de los patriarcas, según muestra el Antiguo Testamento. E insiste: “asimismo, matar a un inocente no puede ser útil a la república universalmente, pero puede ser bueno en un determinado momento, porque aquellos amalecitas eran impíos y enemigos de Dios.” Con esos hechos prueba que “los preceptos judiciales [Ley Antigua] fueron dados convenientemente con relación a la conveniencia de los pueblos” [12] , según las circunstancias que incidían en la determinación de lo conveniente para el caso, y no en absoluto. No se advierte aquí ningún divorcio entre el carácter universal de la ley y la singularidad del pueblo sujeto a ella, ni heterogeneidad categorial entre lo normativo y lo fáctico.

Sin embargo, si es real la variedad de cosas humanas multiplicada a raíz de la diversidad de tiempos y personas, parece que nada hay en sí mismo justo o injusto, bueno o malo, bello o feo. Y, dada la relatividad de los valores concretos de las cosas, habría que a) evitar caer en universalizaciones normativas que impongan una necesidad vinculante de carácter absoluto y, paralelamente, b) abrazar una concepción relativista de la verdad o verdad de tipo relacional (que habrá a su vez que enunciar en proposiciones con predicados diádicos) o, de ser más radicales, c) rechazar el dogmatismo y suspender el juicio en actitud de búsqueda, evitando toda afirmación. El peligro de caer en este extremo es uno de los males contemporáneos más difundidos, que opta por “un sabio escepticismo”. Pero no es una novedad. Ya en la antigüedad clásica hubo defensores de la tesis relativista y escéptica. A fines del s.V a.C., los Dissoi Logoi (Razonamientos Dobles) -siguiendo a PROTÁGORAS- apoyan el relativismo a nivel moral, epistemológico y óntico; su doble, la tesis antirrelativista, es fiel a la postura socrática. El autor sostiene: “Dobles razonamientos mantienen en la Hélade quienes filosofan sobre lo bueno y lo malo. Unos afirman que una cosa es lo bueno y otra distinta lo malo; otros, por el contrario, sostienen que es la misma cosa; sería buena para unos y mala para otros, y para la misma persona unas veces sería buena y otras mala. Por lo que a mí respecta me inclino por estos últimos. Partiré en mi examen de la vida humana […] La enfermedad es mala para el enfermo, pero buena para el médico; la muerte es mala para el que muere y buena para las empresas funerarias y los sepultureros…” [13] . Sobre lo bello y lo feo ilustra el autor su postura con un poema: “Si analizas detalladamente observarás esta ley entre los mortales: que nada en principio es bello ni feo, sino que la ocasión toma una misma cosa y la hace bella o la cambia y la hace fea.” Al modo gorgiano resume “todo es bello en su momento oportuno y feo en el momento inoportuno.” [14] Y también según las circunstancias la misma cosa es justa o injusta, como robar lo de los amigos y forzar a los más queridos -cosa injusta- a veces es justo. Así, por ej., “si algunos de los familiares, apenado y afligido por algún asunto, estuviera a punto de suicidarse con una espada, cuerda o algún otro medio ¿no sería justo robarle estos instrumentos si fuera posible?” [15] .

Además, parecidos hechos constata ARISTÓTELES: “la nobleza y la justicia que la política considera presentan tantas diferencias y desviaciones, que parecen ser sólo por convención y no por naturaleza. Una incertidumbre semejante tienen también los bienes, por haber sobrevenido males a muchos a consecuencia ellos; pues algunos han perecido a causa de su riqueza, otros a causa de su valor” [16] . Ante tales hechos SEXTO EMPÍRICO [17] encuentra sus razones para suspender el juicio en actitud escéptica. Sus diez tropos se refieren en común al factum de las variaciones que afectan a una misma cosa tornándola inasible, imposible de definir de modo objetivo (sea lo que varía animales, hombres, órganos sensoriales, circunstancias, condiciones fenoménicas, interferencias recíprocas, cantidades y composiciones, relaciones, frecuencias y excepciones, formas de pensar, creer, opinar y vivir). Sería puro dogmatismo pretender decir que algo es o no así, pues ”habiendo tal disparidad también en cuanto a las disposiciones [circunstancias] y estando los hombres unas veces en una disposición y otros en otra, seguramente es fácil decir cómo se muestra a cada cual cada uno de los objetos, pero no tal como es, puesto que esa disparidad es indecible”. Por lo tanto, estamos ”diciendo implícitamente [como tesis] ‘todas las cosas aparecen como con relación a algo’ [18] .“

1.3 Planteo o status quaestionis

Se desprende hasta aquí que la consideración de las circunstancias es insoslayable a la hora de actuar como de evaluar lo obrado, sea en la vida ordinaria sea en el campo jurídico. Pero, a causa de su variación y contingencia, la conceptuación de las mismas en un plano universal resulta imposible. Como consecuencia, la razón en materia práctica parece que se excede más allá de su alcance cuando impone al obrar una ordenación con carácter necesario, absoluto o la mide con dicha regla universal en cuya fórmula no se contemplan las circunstancias que determinan en concreto el obrar. En cualquier caso, su evaluación y juicio no son certeros. Luego, 1) habría que suspenderlos o 2) relativizarlos o 3) encontrar un modo de razonar que haga pie tanto en el extremo singular afectado por las circunstancias cuanto en el extremo universal de la regla de acción a la vez.

Ahora bien, resolver todas estas cuestiones -dialécticamente formuladas- no es un objetivo simple, porque exigiría aclarar una serie de nociones presupuestas de orden epistemológico, metodológico, ético y antropológico. De ahí que, habiendo mostrado la pertinencia del tema a la luz de sus graves implicancias, pasemos en segundo término a examinar la noción de circunstancia que está en juego, para verificar en los testimonios que aporta la Retórica antigua si es cierto que las acciones que juzga y prescribe el Derecho o aconseja la razón práctica son tan abstractas que no cabría situarlas en ningún marco circunstancial, porque pertenecen al plano universal del concepto que no se compadece con el obrar concreto que vemos.

1.4 Noción de circunstancia

Antes de definir metódicamente esta noción, evoquemos ese conocimiento previo tomado de la sintaxis elemental aprendida con la gramática escolar, que da una idea de circunstancia bastante aproximada. Porque, en el análisis sintáctico de la oración bimembre se consideran complementos circunstanciales los que indican las circunstancias de la acción o pasión expresada por el verbo. Son modificadores del verbo en cuanto expresan cómo, cuándo, dónde, desde dónde, hasta dónde, por dónde, con qué, para qué, en compañía de quién, acerca de qué, de qué material, en qué cantidad, con qué frecuencia tuvo lugar la acción realizada o padecida por el sujeto.

Ciertos giros lingüísticos comunes aplican esta precomprensión del concepto de circunstancia a nivel del uso diario. Así, se escucha decir: “…no está a la altura de las circunstancias.” O también: “en estas circunstancias que nos toca vivir…” O bien: “Dadas las circunstancias, no debo…”; “a pesar de las circunstancias, pudo…”; “si se dieran las circunstancias, hablaremos…”, etcétera. Sin dudas, en estos giros tan habituales, el factor circunstancial señalado expressis verbis constituye algo que incide en el hecho de que se trata, lo condiciona, lo adjetiva en concreto. Y por eso se subraya.

Esto es lo que expresa el término latino circum-stare: estar alrededor o en derredor, rodear, asediar. Su derivado circumstantia significa como sustantivo acción de estar presente, o también por extensión particularidad. En griego, el verbo correlativo es periístemi, que significa poner, colocar alrededor, rodear, cercar, del que deriva a su vez el sustantivo perístasis, que significa espacio alrededor, envoltura, y por extensión circunstancia, condición, estado. Por tanto, el significado castellano en uso coincide con el significado etimológico. Las circunstancias son factores que determinan la condición o estado de algo o alguien, particularizándolo.

2. LA NOCIÓN DE CIRCUNSTANCIA EN SEDE RETÓRICA

1.- Se comprende el interés por las circunstancias y su sistematización en el ámbito de la Retórica, si ésta -según ARISTÓTELES- “es la facultad de considerar en cada caso lo que puede ser convincente” [19] , porque lo que es cada caso depende de las circunstancias. Pero, él también señala que, “dado que ninguna disciplina atiende a lo particular -por ejemplo, la medicina a qué es saludable para Sócrates o para Calias, sino a qué lo es para personas de tal condición o de tal otra, ya que esto es lo propio de una disciplina, mientras que lo particular es indefinido y no científico-, tampoco la retórica atenderá a lo que es probable de modo particular […], sino a lo que es para personas de tal condición, igual que la dialéctica” [20] . Por eso los razonamientos retóricos se elaboran en base a lo que habitualmente se suele deliberar porque lo que sucede las más de las veces, aunque no sea necesario no es tampoco azaroso, sino que tiene cierta estabilidad y consistencia objetiva como para ser materia apta para abordar desde la teoría. Lo circunstancial entonces quedará excluído del alcance de las reglas del arte retórico si fuera indefinido (o infinito) al igual que lo es lo particular puramente contingente. Pero, a nivel del discurso, y en el género judicial sobre todo porque los hechos no son claros, el orador no debe dejar de lado las circunstancias en cuanto pertinentes a la causa.

En ambos planos, el de lo teórico del arte y el de lo específico de la cuestión, no falta por tanto la alusión a las circunstancias, aunque ARISTÓTELES no ofrezca de ellas una taxonomía al modo de los retóricos posteriores. Instalado en el primero -que es el de su Retórica- dice, por ejemplo, que para tratar de cuántas y de cuáles premisas se forman los razonamientos de la acusación o la defensa, hay que revisar tres aspectos: “uno, la naturaleza y el número de motivos por los que se delinque; segundo, la disposición de ánimo con que se hace, y tercero, contra quiénes y en qué situación” [21] Así, examinando por qué, cómo, con relación a quién y cuándo se delinque por lo general se encuentran líneas de razonamiento como base verosímil para argumentar. Pero, en cada ocasión “acusadores y defensores deben organizar su acusación o defensa atendiendo a los hechos pertinentes” [22] . O sea, la presentación discursiva de lo que sea el caso se apoya por necesidad en todo aquello que lo determine y connote como tal caso, y ello en todos los géneros de oratoria. Pues, “todos elogiamos las acciones real o supuestamente hermosas […], después de haber examinado lo que real o supuestamente se refiere a ellas” (ibid.). Por eso mismo no se podría nunca prescindir de las circunstancias en la argumentación, ya que ellas inciden en las acciones perfilándolas en concreto. Más aún, pasarlas por alto o silenciarlas puede invalidar un razonamiento, tornándolo espurio. El Filósofo analiza a través de ejemplos este tipo de entimema aparente que defecciona por la omisión del momento y de las circunstancias. Al afirmar POLÍCRATES que Alejandro raptó a Helena con justicia, porque su padre le había dejado a ella libertad de elección [23] comete sin dudas esta falacia. A veces la omisión se hace con el fin de hacer pasar por general lo que vale sólo en determinada situación. Esto que ocurre en la dialéctica sofística [24] , también se da en los retóricos, pues “hay un entimema espurio que se basa en lo que es probable mas no en general, sino probable en determinada circunstancia. Pero ésta no será universal” [25] . Por eso, de ella no se puede pretender inferir nada. “Como lo dice AGATÓN: ‘Quizá alguien diría que eso mismo es probable, que a los mortales les ocurren muchas cosas improbables’. Pues también sucede alguna cosa que va contra lo probable, de suerte que es probable también lo que va contra lo probable. Y si es así, lo improbable es probable, pero no en general, sino que, igual que ocurre en las discusiones erísticas, donde lo que suscita el engaño es no añadir la mención de la relación, la referencia y el modo, también en este caso que lo que va contra lo probable sea probable no es cierto en general, sino en una determinada circunstancia” (ibid.).

2.- CICERÓN en La invención retórica explica el tópico al tratar la demostratio, que es la parte central del discurso, “aquella en que nuestra causa obtiene credibilidad, autoridad y solidez por medio de la argumentación” [26] . Por eso él busca dar reglas muy precisas. Su preceptiva detallada remite a su vez a HERMÁGORAS inspirado en la filosofía estoica. Luego será retomada por QUINTILIANO, mas no por el propio CICERÓN maduro.

Comienza mostrando cuál es la “materia prima” para elaborar las pruebas de la causa, y dice: “toda afirmación es probada en la argumentación mediante los atributos de las personas (personis adtributa) o los atributos de los hechos (negotiis adtributa)” [27] . Examina aquí once atributos de personas (nombre, naturaleza, clase de vida, condición, manera de ser, sentimientos afición, intención, conducta, accidentes, palabras) y cuatro grupos de atributos de las cosas, porque “unos son intrínsecos a la acción misma, otros se analizan en conexión con las circunstancias que la acompañan, otros son accesorios a ella, otros son consecuencia de su realización.” Los primeros son atributos definitorios de la acción como el qué sea, con qué fin y demás factores esenciales. Entre las circuntancias de los hechos -dice- “se analizará el lugar, el tiempo, el modo, la ocasión y la posibilidad” [28] . Entre éstas, por ej., “en el modo se examina cómo se ha hecho una cosa y con qué intención. Se divide en premeditación e imprudencia. Las razones para admitir la premeditación se fundan en lo que haya realizado en secreto o abiertamente, por la fuerza o mediante la persuasión. Por su parte la imprudencia se refiere a la excusa -que incluye la ignorancia, el azar y la necesidad- y al estado pasional por ejemplo la tristeza, la ira, el amor y todo lo que pertenece a esta misma clase” [29] . En total, los atributos analizados suman 38 y se aplican según la tópica específica de cada estado de causa. Al final del discurso, las circunstancias debidamente amplificadas sirven aun para mover los ánimos, causando indignación o compasión.

En el libro II, referido sobre todo al género judicial, los atributos se retoman en función de la defensa y la acusación, es decir, como lugares propios para argumentar en un cierto tipo de causa. Así, en “toda conjetura (controversia en torno de un hecho) se debe partir del motivo, de la persona y del hecho mismo” [30] . El motivo es como “el fundamento de este estado de causa, “pues no se puede acusar a nadie de haber hecho algo sin mostrar por qué lo hizo” [31] . Mas “también la naturaleza de la persona permite dar lugar a conjeturas” [32] , al igual que los restantes atributos. La defensa puede rechazar la responsabilidad, atribuyéndola a una circunstancia cualquiera. Y si el acusado confiesa, tres circunstancias atenuantes -ignorancia, azar o necesidad- servirían para excusarlo. El acusador mostraría a su vez que lo alegado no es tal, sino pereza, negligencia o estupidez. CICERÓN cree que “en todos estos casos de reconocimiento de culpabilidad hay también implicada una discusión de algún texto legal” [33] . Así, este status entronca con las controversias legales, en cuya tópica se usan los atributos referidos al redactor, el texto y la intención. Entre éstos, las circunstancias son muy relevantes. Por ejemplo, cabría mostrar “que la voluntad del autor no es absoluta, esto es, válida para todas las circunstancias y situaciones, sino que debe ser interpretada según el momento.” [34] Mas, a la inversa, existen lugares para defender asimismo la interpretación única del texto de la ley, no adaptada a suceso alguno.

En la breve exposición de los géneros deliberativo y demostrativo, los atributos vuelven a ser materia de la argumentación. Pues, al hablar de las cosas que debemos buscar se alude a su valor, si es intrínseco, relativo o mixto, o su contrario en el caso de las cosas a evitar. De lo digno y lo útil, como son las cosas que buscamos, dos cualidades constituyen sus atributos: la necesidad y la coyuntura. Una es la necesidad hipotética de ciertas acciones. Y aquello por lo que una acción es necesaria (su condición) es lo que se debe examinar, porque eso actúa como su motivo, a fin de considerar “los motivos más importantes como los más necesarios” [35] . Otra es la coyuntura: “un cambio imprevisto de las circunstancias determinado por el resultado de una acción, por su desarrollo o por los intereses de las personas, un cambio tal que las cosas ya no parecen ser lo que eran antes o lo que solían ser.[…] Hay, por lo tanto ciertas cosas que deben ser consideradas de acuerdo con las circunstancias y los motivos y no según su propia naturaleza”(ibid.) Por último, en orden a elogiar y censurar, son tópicos propios los atributos de las personas, que se dividen en los que afectan al alma, al cuerpo o a las cosas externas, de acuerdo a una clasificación presente ya en PLATÓN, ISÓCRATES, ANAXÍMENES Y ARISTÓTELES.

3.- QUINTILIANO lo confirma: los lugares de donde se sacan los argumentos se pueden tomar de las personas o de las cosas. Los que miran a las personas son linaje, nación, patria, sexo, edad, educación y enseñanza, forma del cuerpo y complexión, fortuna, condición y estado, índole, estudios y profesiones. Y además “debe tenerse muy presente el pie de que cada uno cojea. si aparenta ser rico y poderoso, si presume de erudito, si afecta el ser justo y llevar las cosas por sus cabales, asimismo sus procedimientos y dichos de la vida pasada.” [36] . En cambio, “por cosas entendemos causas, lugares, tiempo, facultades o instrumentos y modo”. Pero para no perderse en infinidad de lugares retóricos, aconseja aplicar los preceptos comunes para discurrir las razones propias del asunto en cuestión, ya que “éste es el género de argumentos tomado de las circunstancias que acompañan y rodean a la causa, perístasis como dicen los griegos, o de lo que propiamente le conviene sin ser común a otras” [37] . Importa notar -con RAMÍREZ [38] – que en QUINTILIANO se opone lo común o universal (la naturaleza de la cosa) a lo propio e individual (las circunstancias), así como en ARISTÓTELES se opone tó kathólon a tó hékaston o práxis kath’´hékasta. Por eso, su versión y aplicación del tema está más cerca del tratamiento ético clásico y tomista que el de CICERÓN joven.

4.- BOECIO constituye otra de las grandes fuentes del pensamiento tomista, cuyas obras (fuera de la Consolatio) por desgracia sólo conocemos por vía indirecta, a falta de ediciones en circulación entre nosotros. Sobre el tema que nos ocupa, en el De topicis differentis efectúa su tratamiento, sea con vistas a su uso dialéctico o retórico. Éstos son usos diversos, pues la dialéctica examina la tesis o “cuestión que no toma en cuenta las circunstancias de lo que se discute, sino que se rige por principios tópicos abstractos”, [39] pero la retórica se ocupa de la hipótesis, que es “la cuestión que puede ser ventilada si se rodea de las circunstancias atingentes. Y las circunstancias son el quién, el dónde, el cuándo, el porqué, el cómo, y el con qué medios”.

Según BOECIO, la retórica debe considerar en el discurso las circunstancias del caso, porque casi toda su materia es cuestión política, esto es, una materia concreta a examinar en su marco circunstancial. Ahora bien, la cuestión política adopta tres formas: judicial, deliberativa o epideíctica; por eso las especies de retórica son tres, con tales nombres. Su instrumento es el discurso en el sentido de raciocinio (discursus), que en su expresión (oratio) hace pública una línea argumentativa. Las unidades temáticas del discurso son las cuestiones, referidas a toda cosa que sea disputable; de ahí las numerosas clases de cuestiones. El argumento retórico (“una razón que produce creencia respecto de lo que está en duda”) se elabora a base de tópicos, que son apoyos o esquemas del mismo. Estos tópicos surgen de los atributos de la persona y de la acción; no de la persona o la acción mismas, que es lo que está en discusión. Los atributos “son, con otro nombre, las circunstancias”. Y éstas son cosas y accidentes que, al juntarse, producen la sustancia de la cuestión. “Pues, a menos que haya alguien que hizo [algo], y algo que hizo, y una causa por la que lo hizo, y un lugar y un tiempo en los que lo hizo, y una manera en que lo hizo y medios con que lo hizo, no habrá caso (1.212c)”. BOECIO clasifica en detalle los atributos, lo que omitimos. Luego, siguiendo a TEMISTIO, divide los tópicos “Surgen tópicos intrínsecos cuando las circunstancias que son atributos de la persona y de la acción se relacionan como continente y contenido, pues así surgen el género y la especie.” Hay tópicos intermedios, que surgen de cosas asociadas a la acción y tópicos extrínsecos, tomados de las cosas que preceden o siguen a la acción. En suma: “los tópicos retóricos dan argumentos para las circunstancias, y deben ser confirmados por tópicos más universales y simples, como son los dialécticos”. O, dicho de otro modo: “el dialéctico descubre argumentos a partir del género, esto es, de la naturaleza del género; el retórico, de la cosa que es género…” (1.261a).

3. LA NOCIÓN DE CIRCUNSTANCIA EN SEDE ÉTICO-JURÍDICA

1.- Para ARISTÓTELES las circunstancias son condiciones individuales de la acción, o sea, accidentes suyos que en cuanto individuales guardan con ella una relación contingente. Y aunque sobre lo contingente no hay ciencia, en el análisis de la virtud ética las circunstancias cumplen un papel relevante. Porque es inexacto definir (como los cínicos) las virtudes como una especie de impasibilidad y serenidad, ya que es hablar de un modo absoluto; y nada se define en forma general, sino específica. Por eso hay que añadir a la definición “como es debido”, “como no es debido”, “cuando”, y todas las demás determinaciones”. [40] Pues en las acciones y pasiones, como “en el atrevimiento, el deseo, la ira, la compasión y en general en el placer y en el dolor caben el más y el menos, y ninguno de los dos está bien; pero si es cuando es debido, y por aquellas cosas y respecto de aquellas personas y en vista de aquello y del modo que se debe, entonces hay término medio, y en esto consiste la virtud”. [41] Es un término medio relativo a nosotros que determina la recta razón, esa razón que seguiría el hombre prudente, porque el exceso y el defecto yerran, mas el término medio es elogiado y acierta. “Pero esto no sólo hay que decirlo en general, sino aplicarlo a casos particulares. En efecto, cuando se trata de las acciones lo que se dice en general tiene más amplitud, pero lo que se dice en particular es más verdadero.” [42] La determinación del valor moral de una acción exige, pues, la consideración de las circunstancias que inciden sobre dicha acción.

Porque discernir todo cuanto en sí misma y en sus efectos comporta la acción de la que somos agentes es indicio de una racionalidad responsable, y de que no se obra sin quererlo ni por fuerza mayor. Pero si se obra forzado por las circunstancias, uno llega a hacer lo que en condiciones normales nunca haría (p.ej., tirar el cargamento al mar para no zosobrar en medio de la tormenta). En tales acciones cabe hablar de agencia, ya que en el momento son el resultado de una elección, y el fin perseguido responde a las circunstancias dadas (katà tòn kairón); pero en sí mismo éste no es bueno. Por eso, si “lo voluntario y lo involuntario se refieren al momento en que se hacen”, [43] en el caso de ignorar las circunstancias concretas y el objeto de la acción, la conducta será involuntaria o aun no voluntaria. “De estas cosas dependen tanto la compasión como el perdón, porque el que desconoce alguna de ellas actúa involuntariamente. Por tanto, no estaría mal determinar cuáles y cuántas son, quién hace y qué y acerca de qué o en qué, a veces con qué, por ej., con qué instrumento, y en vista de qué, por ej., de la salvación, y cómo, por ej., serena, violentamente. Ahora bien, todas estas circunstancias a la vez no podría ignorarlas nadie que no estuviera loco, ni tampoco evidentemente quién es el agente: ¿cómo podría en efecto ignorarse a sí mismo? En cambio, puede ignorar lo que hace, y así hay quien dice que una cosa se le escapó en la conversación, o que no sabía que era un secreto, o que al querer mostrarlo se disparó, como el de la catapulta. También podría creerse que el propio hijo es un enemigo o que tenía un botón la lanza que no lo llevaba o que una piedra corriente era piedra pómez o dar una bebida a alguien para salvarlo y matarlo o herir a otro cuando quería tocarlo, como los que luchan a la distancia del brazo. Todas estas cosas pueden ser objeto de ignorancia y constituyen las circunstancias de la acción; y del que desconoce cualquiera de ellas se piensa que ha obrado involuntariamente, sobre todo si se trata de las principales, y se consideran principales las circunstancias de la acción (quid) y su fin (cur)” [44] .

Se destaca así el nexo que hay en la vida racional entre conocimiento y acción, no planos autónomos u opuestos, sino ligados por una relación de participación (como la luz se participa en lo iluminado, haciéndolo visible). La noción de conocimiento práctico permite entenderlo. Pero el problema que plantea el discernimiento exhaustivo y certero de las circunstancias concretas, siendo ellas tan particulares como cada acción singular, se torna además un problema ético: de lo que obremos y cómo depende cuál sea nuestro fin en un sentido moral. Obrar según la recta razón implica hacerlo en las circunstancias adecuadas. Ahora bien, que los actos que elegimos realizar resulten ajustados a las circunstancias requiere no sólo deliberación previa, sino que la razón, que pondera y al final juzga e impera, esté rectificada por la prudencia o tenga sobrada experiencia. Pues, el medio virtuoso, como medida justa, es el que determina la razón prudencial. [45]

Se podría creer que la solución radica en obrar conforme a la ley porque “manda vivir de acuerdo con todas las virtudes y prohibe que se viva en conformidad con todos los vicios” [46] . En efecto, “[los hombres] creen que para conocer lo que es justo y lo que es injusto no se requiere sabiduría porque aquello de lo que las leyes hablan no es difícil de comprender (aunque eso no es lo justo sino por accidente); pero cuesta más trabajo sin duda saber cómo hay que obrar y cómo hay que distribuir para hacerlo con justicia, que saber qué cosas son buenas para la salud. También aquí es fácil saber que lo son la miel, el vino, el eléboro, cauterizar y cortar, pero cómo se ha de aplicar esto para que sea saludable, y a quién y cuándo, es tan difícil como ser buen médico.” [47] Esto es así por la índole de las cosas prácticas, que son indefinidas, de modo que es imposible que todo sea regulado por la ley, que en forma universal manda lo que hay que hacer, pero no dice en concreto cómo. Habrá entonces que suplir lo que le faltó decir al legislador, en las circunstacias concretas, con un juicio equitativo.

2.- La noción aristotélica de circunstancia, más los análisis tópico-retóricos del tema, se trasmiten por vía de BOECIO, S.GREGORIO DE NISA y S.JUAN DAMASCENO a la Escolástica y pasan a aplicarse en Ética y Teología, como lo hacen STO. TOMÁS, ALEJANDRO DE HALES, VÁZQUEZ, entre otros. Veamos la aportación de STO.TOMÁS. Al igual que ARISTÓTELES, sostiene que las circunstancias que más influyen sobre el acto humano son las que máximamente lo determinan como acto voluntario. Éstas son las que aluden al motivo del obrar (fin sobreañadido, que no coincide con el fin que especifica el acto) y a su materia: por qué y qué. Según éstos, se juzgan los actos voluntarios. Luego, son las circunstancias principales, dice en el Comentario a la Ética.

En la Suma Teológica, se pregunta primero por la noción de circunstancia. A esto responde diciendo que la palabra circunstancia hace referencia a aquellas cosas que se dan en el lugar, rodeando a algo, lo que significa ser extrínseco a dicha cosa y sin embargo es estar próximo a ella o es darse con ella. De este uso pasa a ser referida al acto humano para llamarse circunstancias todas las condiciones que son externas o extrínsecas al acto y sin embargo le son atingentes. Ahora bien, aquello que no forma parte de la esencia o sustancia de la cosa misma pero le pertenece es llamado accidente suyo. Por ende las circunstancias del acto humano son llamados sus accidentes. ¿Por qué accidentes? No porque inhieran en el acto como los accidentes inhieren (o tienen existencia) en el sujeto, como la blancura en el caso de Sócrates, sino porque se dan conjuntamente con el acto por estar ordenadas a él conviniendo al mismo e idéntico sujeto, sea inmediatamente a través del acto (como la circunstancia modo de obrar) o mediatamente (a través de otro accidente o de alguna condición accidental previa), así como le corresponde al agente la circunstancia lugar o condición social.

¿Y qué accidentes o circunstancias deben ser consideradas por la ciencia o la teología? No los accidentes que se dan contingentemente, porque son infinitos; ellos no tienen carácter de circunstancias, sino los accidentes propios de todo acto humano. Aquí se da una cierta analogía: la relación que hay entre las circunstancias individuales del acto humano y dicho acto es proporcional a la que existe entre las notas individuales (que no forman parte de la esencia del sujeto pero de algún modo le pertenecen adjetivándola) y el sujeto individual. A través de estas notas, que se toman de los accidentes individuales, llegamos al conocimiento del sujeto, y son: forma, figura, lugar, tiempo, estirpe, patria y nombre. Del mismo modo, los accidentes individuales del acto humano son sus notas individuales, y éstas son sus circunstancias. Pues los accidentes que se derivan de la especie son los propios, pero los accidentes del individuo son simplemente accidentes.

Por lo demás, el teólogo y el filósofo moral consideran los actos en su ordenación al fin último. Esta ordenación al fin exige que cada acto se adecue o guarde proporción con las debidas circunstancias. Esta medida concreta de rectitud o ajuste la determina la prudencia. Pues, la razón dirige los actos humanos en virtud de dos conocimientos, uno universal y otro particular. Pero para establecer lo que hay que hacer usa el razonamiento o cierto silogismo, cuya conclusión es el juicio que indica la acción a realizar. Y dado que las acciones son singulares, la conclusión de este silogismo debe ser singular. Ahora bien, una proposición singular no se sigue de una proposición universal, sino mediante otra singular. La primera es un principio del obrar, la segunda es una opinión acerca de las circunstancias concretas. Acerca de ambos conocimientos puede haber ignorancia o error. Sólo la prudencia (que implica ya la disposición recta hacia el fin), en cuanto saber práctico-moral acerca de lo particular, asegura la rectitud del juicio previo a la acción, porque establece la aplicación del principio universal en ajuste a las circunstancias dadas.

En I-II, 88,5 STO.TOMÁS teólogo establece una distinción muy relevante para un análisis teológico-moral. Como ya lo explicara, las circunstancias en cuanto tales hacen referencia a accidentes del acto moral. Pero, sin embargo, una circunstancia puede pasar a cumplir la función de diferencia específica de tal acto, determinando su especie moral. Esto sucede cuando, por ej. en el acto pecaminoso, la circunstancia en cuestión le agrega al acto una deformidad de otro género (es el caso de un pecado contra la castidad, que cometido con la mujer ajena le añade una falta contra la justicia). Pero en razón de ninguna circunstancia una falta leve puede convertirse en falta grave. Todo este análisis tomista de las circunstancias del acto humano examinado desde la perspectiva ética -aquí resumido forzosamente- será luego tenido muy en cuenta por las casuísticas posteriores, tanto en materia teológica como ético-jurídica.

4. A MODO DE COLOFÓN

Los numerosos testimonios de la retórica antigua confirman que el tratamiento tópico de las circunstancias está exigido por la naturaleza, el objeto y la modalidad del proceso deliberativo que acontece en sede judicial o legislativa. Desde las asambleas de los jefes en combate narradas por Homero como luego desde los primeros expositores sicilianos del ars disputandi, y por muchos siglos, se advierte esa implicación mutua. Por necesidad, la práctica forense en materia de justicia civil o la discusión pública en materia deliberativa se apoyó en la retórica; la usó primero de acuerdo al talento natural y a la experiencia, pero después apreció la utilidad de las reglas de la disciplina retórica, y las aplicó concientemente.

No es asombroso que, en esta sistematización progresiva, la techné rhetoriké sea concebida por ARISTÓTELES como complemento de la dialéctica, y por ello sea parte de la lógica tópica, referida al discurso sobre asuntos humanos, jurídicos o políticos, objeto de deliberación. Pues para los clásicos, dicho proceso deliberativo tiene una estructura racional, ya que lo que está en juego o acontece a través de la oratio o discursus es la formación de un juicio en materia probable, esto es, de una opinión, que debe ser razonable, justa, sensata y si no es cierta en forma rigurosa, por lo menos que sea justificada con argumentos, aun cuando intervengan en ellos emociones. Por esta causa les parece útil, y hasta necesario, establecer reglas argumentativas (preceptiva) y fijar una metodología para elaborar los argumentos (tópica). Esto significa que creen posible ordenar lógicamente el curso del pensamiento para realizar el examen de los hechos concretos y la evaluación de todas sus facetas, aun las más adventicias, a fin de encontrar elementos de juicio o razones o argumentos (inventio), que avalen una opinión o la contraria. Por eso, quizás, nunca la lógica estuvo tan cerca de la praxis cotidiana y de los entuertos humanos como al considerar, desde la dialéctica o desde retórica, los atributos de la persona y del hecho, es decir, las circunstancias, sin las cuales no puede hablarse de caso o cuestión o causa.

En fin, ARISTÓTELES y STO.TOMÁS rehabilitan también los fueros de la razón práctica al mostrar que la función discriminadora de las circunstancias que cumplen con oficio tópico el orador, el juez o el filósofo moral, cuando buscan la verdad en los asuntos prácticos “con la regla de plomo”, la cumple en la conciencia individual la prudencia, sin que entonces haya hiatus insalvable entre la norma y los hechos.

——————————————————————————–

[1] F.A.LAMAS, “Dialéctica y derecho” en Circa Humana Philosophia, III, Bs.As., 1998, p.11.

[2] WOLFANG WIELAND, La razón y su praxis, (trad. A.Vigo), Bs.As., Biblos, 1997.

[3] Id, p.24.

[4] Id., p.26.

[5] Id., p.27.

[6] Id., p.30.

[7] Id., p.24.

[8] Id., p.25.

[9] Id., p.24.

[10] F.DE VITORIA, La ley, (trad. Frayle Delgado), Madrid, Tecnos, 1995, q.105, a.1, p.125.

[11] Id., p.127, el subrayado es mío.

[12] cf. STO.TOMÁS, Suma Teológica., I-II, q.95, a.2, ad 3m: “Los principios comunes de la ley natural no pueden aplicarse del mismo modo a todos, a causa de la variedad de cosas humanas. Y de ahí proviene la diversidad de la ley positiva según las diversas gentes.” Por eso admite también la mutación de las leyes (q.97) “a causa de la mutación de las condiciones de los hombres en las cuales según sus diversas condiciones sirven cosas diversas. (a.1)”. Porque aun cuando la ley es medida, las cosas que mide son cambiantes, y por ello no puede ser completamente inmutable y permanente (ad 2m).

[13] PROTÁGORAS DE ABDERA, Dissoi Logoi, (ed. de Solana Dueso) Madrid, Akal, 1996, I,1, p.180.

[14] Id., II, 19, p.185.

[15] Id., III, 4, p.187.

[16] ARISTÓTELES, Ética Nicomaquea, (Marías-Araujo), Madrid, IEP, I, 1094 b.

[17] SEXTO EMPÍRICO, Esbozos Pirrónicos, Madrid, Gredos, I, p.112.

[18] Id., I, p.135.

[19] ARISTÓTELES, Retórica, (trad. Quintín Racionero), Madrid, Gredos, I, 1355b.

[20] Id., 1356b, sin subrayar en el original.

[21] Id., 1368b.

[22] Id., II, 1396a.

[23] Y objeta: “Pero es que fue para siempre por igual, sino para la primera vez, ya que su padre sólo hasta entonces estaba autorizado a hacerlo.” Así también decir que golpear a hombres libres es ultrajarlos es una falacia, porque sólo es ultraje si se da el primer golpe sin razón (id., II, 1402a).

[24] cf. ARISTÓTELES, Refutaciones sofísticas, 166b, 37; PLATÓN, Eutidemo, 293c.

[25] ARISTÓTELES, Retórica, ed. cit., II, 1402a.

[26] CICERÓN, la invención retórica, (trad.S.Nuñez), Madrid, Gredos, 1997, p.130.

[27] Id., p.131.

[28] Id., p.135.

[29] Id., p.137.

[30] Id., p.206.

[31] Id., p.208.

[32] Id., p.213.

[33] Id., p.262.

[34] Id., p.277.

[35] Id, p.310.

[36] QUINTILIANO, Instituciones oratorias (trad. Rodríguez-Sandier), Bs.As., El Ateneo, 1944, p.242.

[37] QUINTILIANO, ob.cit., p.250.

[38] JACOBUS RAMIREZ O.P., De actibus humanis, Madrid, Inst. Luis Vives, 1972, q.VII, p.37-59.

[39] MAURICIO BEUCHOT, La retórica como pragmática y hermenéutica, Barcelona, 1998, p.29-40. El autor sigue de cerca la obra boeciana, que no está en mi poder consultar. Me remito a él.

[40] ARISTÓTELES, Ética Nicomaquea, (trad. de Marías-Araujo), Madrid, IEP, 1970, Lib. II, 1104b 28.

[41] Id, 1106b 15ss.

[42] Id.,1107a 25-30.

[43] Id.,1110 b15-20. O.GUARIGLIA, Le Ética en Aristóteles, Bs.As., Eudeba, 1997, traduce así: “Tales acciones son pues mixtas, pero se parecen más a las voluntarias, ya que en el momento en que se ejecutan, son resultado de una elección precisamente en ese momento, y el fin de la acción está unido [inevitablemente] a las circunstancias. También [es necesario tener en cuenta que] se debe afirmar de una acción que es voluntaria o involuntaria siempre con referencia al momento en que se la realiza. Y [en las circunstancias mencionadas] la acción fue voluntaria.” Se apoya en Heliodoro y Gauthier-Jolif.

[44] ARISTÓTELES, Ética Nicomaquea, (ed.cit.), 1111a 1-20.

[45] Por ej., sobre las pasiones del irascible: “el que es manso quiere estar sereno y no dejarse llevar por la pasión, sino encolerizarse como la razón lo ordena y por esos motivos y durante ese tiempo. Pero parece pecar más bien por defecto. […] Los que no se irritan por lo debido son tenidos por necios, así como los que lo hacen como y cuando no deben y por las causas que no deben. […] El exceso puede producirse en todos esos puntos (con quienes no se debe, por motivos indebidos, más de lo debido, antes y por más tiempo de lo debido), pero no se da en todos estos sentidos a la vez en la misma persona.[…] Así los irascibles se encolerizan pronto, con quienes no deben, por motivos que no deben y más de lo que deben, pero su ira termina pronto.” Mas hay que saber que “no es fácil determinar cómo, con quiénes, por qué motivos y por cuánto tiempo debemos irritarnos, ni hasta dónde lo hacemos con razón o pecamos. El que se desvía poco no es censurado, ya sea hacia el exceso o hacia el defecto, y en ocasiones alabamos a los que se quedan cortos y los llamamos benignos, y viriles a los que se irritan juzgándolos capaces de mandar. Cuánto y cómo tiene que desviarse uno para ser censurable, no es fácil poner en palabras; la decisión depende, pues, de las circunstancias particulares y de la sensibilidad” (1126a-b).

[46] Id., 1130b.

[47] Id, 1137a.